Al cumplirse 90 años de la Guerra Civil española, nos proponemos acercarnos a su desarrollo en Liébana, haciendo un recorrido casi diario por los acontecimientos
Anterior: 21 de julio de 1936. Inicio: 17 de julio de 1936.
Con Potes en sus manos, durante la madrugada de este día surgen diferencias entre los sublevados. Mientras unos se muestran partidarios de mantener el control y resistir hasta que llegaran refuerzos de León o Palencia, zonas controladas por los golpistas, otros, la mayoría, se decantan por abandonar la Villa y pasarse a esas provincias. «El caso es que hacia las dos de la madrugada unos 20 derechistas abandonaron Potes en varios grupos para cruzar los montes hacia la zona sublevada», escribe Obregón. Uno de ellos, Teodoro Palacios, lo contó así:
«Cuando tuvimos noticias que llegaban refuerzos rojos desde Asturias, reunimos a los mandamás comunistas que teníamos encerrados y les dijimos que nos íbamos, que ya los suyos se encargarían de liberarlos, pero que tuvieran en cuenta que si a uno sólo de los nuestros que allí quedaban le pasaba algo, pagarían con sus vidas. Y los tres hermanos -menos Tomás que quedó malherido en la refriega- y Ramón Bustillo, y mi tío carnal el ingeniero Manuel Palacios, y Ramón Cabo, nos echamos al monte. Confesamos y comulgamos en un pueblecito llamado Espinama. El párroco de Potes, Cecilio Fernández, se unió a nosotros, y a pie, pasando el puerto de San Glorio y Piedrasluengas, tras siete días de viaje, llegamos a Palencia, donde nos unimos a las tropas del general Mola».
Por tanto, cuando llegaron los milicianos no encontraron resistencia. Sin embargo, en un artículo de La Voz de Cantabria que recoge, a través de su periodista Acevedo, la versión de Mariano Juez, no se cuenta así sino que se dice que Juez, «al frente de sus camaradas y apoyado por un núcleo de marxistas y republicanos de Llanes» entró en Potes, donde «Bustillo, los hermanos Palacios y demás fascistas lebaniegos presentaron batalla bien pronto en la misma plaza de Abastos. Se combatió largo rato. Intervino la dinamita, lanzada por los asturianos, que sembró el desconcierto en el grupo que capitaneaba Bustillo. Este fue herido de alguna consideración, lo que resolvió el combate mucho antes de lo calculado, pues los "camisas" huyeron al monte como gamos. Se cree que estén hoy combatiendo con los fascistas en la provincia de León».
Incluso Felipe Matarranz, miembro de las Juventudes Socialistas Unificadas de Torrelavega, ofrece una versión muy diferente a la de Juez, ya que, según él, era de Torrelavega de donde llegaron los primeros refuerzos, con dos camiones blindados en la fábrica de Solvay, de los que uno se averió por el camino y, al llegar,
«Ya a la entrada de Potes empezamos a tirar tiros y cartuchos de dinamita, más bien para impresionar, pero surtió efecto pues cuando llegamos a la plaza, el enemigo ya se había escapado y por las montañas se pasaron a su campo. Preguntamos a la gente y nos dijeron que cuando vieron el camión y tantos tiros se escaparon. En la iglesia habían metido a unos cuantos presos republicanos que nos recibieron con mucho entusiasmo, y allí se organizaron las guardias de milicias, saliendo nosotros nuevamente para Torrelavega».
La versión de Juez también discrepa en el tema de los presos, en concreto los capturados en el enfrentamiento del día anterior, volviendo a presentar como unos cándidos a los fascistas lebaniegos:
«Los compañeros de Juez fueron encarcelados. Y mal lo hubieran llegado a pasar de no haber tenido la inspiración de urdir una mentira salvadora.
-Vosotros veréis lo que vais a hacer -dijo uno de los comunistas detenidos-. Os advertimos que detrás de nosotros viene una fuerte columna militar a la toma de Potes, de la que nosotros somos una simple avanzadilla.
La mentira surtió sus efectos, pues los fascistas, asustados, decretaron la libertad de los detenidos.
-Bien; pero queremos nuestras armas. De lo contrario nos quedaremos aquí hasta que lleguen nuestros camaradas, pues ellos serán los que nos den la libertad. Y entonces...
El gesto amenazador impuso el pánico que es de deducir en los vencedores que sin vacilar dieron las armas a los guerrilleros y los pusieron en libertad».
Tras la entrada en Potes, fueron detenidos los implicados en los enfrentamientos de la víspera que no habían huido y, además, escribe Acevedo que «Juez y demás conquistadores del feudo fascista han hecho un minucioso registro domiciliario, obteniendo un gran botín de armas, gran parte de las cuales se dieron a los camaradas lebaniegos para que defendieran la villa del poder fascista.
Quedó nombrado un Comité y empezaron a actuar las milicias de este invencible ejército del pueblo».
Para terminar, digamos que las fuerzas desplazadas desde Llanes, según publicó El Cantábrico el día 25, constaban de «30 fusileros, 150 escopeteros, 40 dinamiteros y 50 soldados que se encuentran con permiso y que, vestidos de uniforme se sumaron a la columna», en total 270 hombres.
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