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21 de julio de 1936

21/07/2026. Gabino Santos Briz

Al cumplirse 90 años de la Guerra Civil española, nos proponemos acercarnos a su desarrollo en Liébana, haciendo un recorrido casi diario por los acontecimientos

Anterior: 20 de julio de 1936.           Inicio: 17 de julio de 1936.

A las 10 de la mañana el Ayuntamiento de Potes publica un bando en el que exige la entrega de todas las armas que hubiera en la Villa antes de las cinco de la tarde. En torno a una hora antes del vencimiento del plazo, enviados por el gobernador civil tras la denuncia del día anterior de Santiago Gil, llegan a Potes vehículos con unos veinte milicianos para hacerse cargo de las armas, que rápidamente proceden a cachear a algunas personas. Poco después, son sorprendidos por unos quince o dieciséis falangistas que les disparan desde la farmacia de Ramón Bustillo y desde otros puntos. Uno de ellos, Teodoro Palacios, el que posteriormente se haría célebre como "Capitán Palacios", dejó constancia en sus memorias de estos hechos así:

«Yo estaba bajo la arcada del pueblo, leyendo el periódico, frente por frente del castillo de los duques del Infantado, cuando dos camiones con mineros asturianos, armados de rifles y bombas de mano, se detuvieron a la entrada de la plaza. Me retiré a casa a buscar una pistola. Allá me encontré con mis hermanos Tomás, Felipe y Carlos y mi cuñado Ramón Bustillo, que habían ido a lo mismo. Entre todos reunimos tres pistolas del 6.35, una Parabellum y una escopeta. "Nos sobran armas", dijimos. Mi hermana Maruja nos detuvo: "Rezad primero el Señor mío Jesucristo". Lo hicimos y nos dirigimos a la plaza. Sin orden de ninguna clase, parapetándonos tras los arcos, comenzamos a disparar. Ellos se fueron replegando, ignorando cuántos éramos. Tomamos la plaza, y las arcadas nos sirvieron de bastiones. A mi cuñado Ramón una bala le rozó la cabeza y otra le inutilizó la mano derecha. Con la cabeza echando sangre y la mano machacada siguió disparando con la izquierda. Mi hermano Tomás cayó malherido en una pierna y siguió asimismo disparando. Los fuimos reduciendo, y a los que no huyeron los encerramos en la cárcel. Encerramos también al secretario del partido comunista de la provincia de Santander, que encontramos debajo de una cama, donde se refugió cuando empezaron los disparos, y a varios sospechosos más».

La versión de Mariano Juez, el miembro del PCE que encabezaba el grupo de milicianos, no es tan detallada. La leemos, contada por el periodista Acevedo, en La Voz de Cantabria de unas semanas después:

«Llegó un día a Potes, feudo, o poco menos, del fascismo, con un puñado de muchachos valientes, y le recibieron a tiros los destacados fascistas Bustillo y hermanos Palacios, apoyados por otros elementos del pueblo. Se entabló recio y largo combate.

La primera intentona de la toma de Potes fue desfavorable a Juez y sus acompañantes; tanto que la mayor parte de éstos cayó en poder de los sediciosos, pudiendo escapar el audaz guerrillero por la parte trasera de un café. Un brinco de diez metros a lo alto le salvó, como le salvó el río, que hubo de cruzar para ganar la salida de la capital de Liébana. No hubo bajas en ningún bando».

Pese a esta última afirmación, en el juicio, celebrado en noviembre, Juez declaró que cuatro milicianos resultaron heridos y precisó que el tiroteo duró unos veinte minutos.

Tras la huida o encarcelamiento de los milicianos, Bustillo y los hermanos Palacios, con otros elementos que se les unieron, se dirigieron al ayuntamiento donde detuvieron al alcalde y a los miembros de la Gestora Municipal. Así, como escribió Teodoro Palacios, «nos hicimos dueños del pueblo, que fue nuestro durante varias horas».

La versión republicana destacaría después que los fascistas, entonces, «quisieron apoderarse de la Central Telegráfica, a cargo del joven y valiente muchacho Celedonio del Barrio Azcona, y éste, enérgicamente, estoicamente, desafiando la fiera que el fascio lleva dentro, se negó a abandonar su puesto, a pesar de tener sobre su pecho las pistolas de los sediciosos.

- Yo estoy aquí, dijo, en nombre del Gobierno y éste, precisamente, cuando vosotros os batíais con Juez y sus compañeros, me ha reiterado su confianza diciéndome que no abandone la estación. Y yo -terminó diciendo enérgicamente- no la abandonaré vivo.

Hubo nuevas intimidaciones y el empleado, todo probidad y lealtad, logró con su gesto valiente alejar del lugar a los sediciosos».

Como vemos, en el intento por enaltecer a los republicanos, casi presentan a los sublevados como unos cándidos, incapaces de imponer su fuerza.

El caso es que Potes terminaba aquel 21 de julio en manos de los falangistas.


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